Siglos atrás, cuando empezaron a conformarse sociedades grandes y complejas en donde existían intereses particulares que no debían ser conocidos, se recurría a la utilización de métodos de comunicación que garantizaran el secreto o confidencialidad de la información a compartir. Por ejemplo Julio César utilizaba un sistema de cifrado1 (de sustitución monoalfabética) para comunicarse con sus fuerzas militares dentro y fuera de Roma, diseño que mucho más tarde fue mejorado en el siglo XIX por Blaise de Vigenère a quien se le atribuyó el desarrollo de un cifrador de sustitución polialfabética2 mucho más elaborado, en el cual se empleó por primera vez el uso de una clave compartida (tal como en la actualidad).

Hasta el siglo XIX las sustituciones y transposiciones constituían las técnicas más comunes para ocultar mensajes a compartir, mismas que eran confiables hasta que alguien lograba descubrir su funcionamiento (o algoritmo). Actualmente en cambio, se aplican las matemáticas como base fundamental de la criptografía, aportando un nivel de seguridad evidentemente mucho más elevado en donde los algoritmos incluso son conocidos por el público. Leer más…